La emoción del nómada. Mañana en mis manos.


La emoción del nómada - Cubierta

Mañana llegarán los primeros ejemplares de mi nuevo libro, La emoción del nómada, y una corriente de nerviosismo me traspasa. Siempre sucede igual. Un libro es un desnudo. Es exponerse a los demás sin coraza alguna. En un relato tan largo siempre se dejan flancos abiertos. No se puede esconder siempre la verdad de lo que uno es. Si se es pedante, se te verá pedante. Si se es falso, se verá la falsedad. Si la emoción es postiza, todo resultará ortopédico. Es lo maravilloso de los libros, que lo dicen todo de ti. Y yo soy un adicto a esa sensación, a desnudarme, a arrancarme piel a tiras para que se vea el entramado de músculos, huesos, tendones y sentimientos. Si no es así, qué le den por saco a los libros porque al final de la partida solo quedaremos el tipo del espejo y yo, y entonces yo sé que podré decirle sosteniendo uno de mis libros: “no me engañas, viejo, yo sé lo que sucedió en realidad. Lo contaste aquí”.

No pretendo engañarte, lector. Por eso salpico este blog de párrafos escogidos al azar de lo que podrás encontrar encuadernado entre 415 páginas. No tengo miedo al juicio sobre lo que puedas leer por adelantado. Por la experiencia que tengo como escritor de viajes y sobre todo después de Un millón de piedras, al autor se le perdonan exabruptos pero no el miedo a contar lo que de verdad siente. El libro ya lo puedes encargar aquí. Mas no hay temor a que cates su sabor antes de comprometerte. Te ofrezco algunas pinceladas de aquí y de allá; solo trato de anticiparte el tono de una obra que me ha costado cuatro años de silencio sobre lo sucedido en 2009. Hasta hoy no he estado seguro de como quería explicarme a mí mismo lo que pasó y cómo paso.

ARRANCANDO EL MOTOR

Todo ha sucedido en tan poco tiempo que aún hoy me parece un sueño. Cada vez que despierto en una cama nueva, en una ciudad diferente y escucho distintos sonidos a los de ayer, pienso por un instante que aún tengo que despertar otra vez, que no puede ser cierto. Pero lo es. Soy un nómada. Aunque no siempre fue así. Una vez, no hace tanto tiempo fui un hombre sedentario de despacho y oficio gris. Me gustaría saber contar mi historia con fidelidad pero me resulta muy difícil. Rebusco entre mis escasas posesiones y saco un par de diarios garabateados con letra menuda, apretada y casi indescifrable. Viajan conmigo desde hace año y medio. Todavía no he sabido dar a estas nerviosas notas cogidas a vuela pluma forma de libro. Abro un cuaderno y veo la fecha de la primera hoja. 29 de mayo del 2009. Recuerdo que hacía mucho calor y yo salía de la opulenta, nerviosa y a veces detestable urbe de Madrid sobre mi entonces flamante BMW R 1200 GS del 2004. La misma que tengo ahora mismo aparcada en el patio de la casa de Jan con más de setenta mil kilómetros. La miro con enorme cariño y un acceso de felicidad me recorre por tenerla ahí, esperando. Ella es mi verdadera casa. Cuando subo, me siento en mi lugar, en el mejor balcón a la vida que se puede tener. Puedo pasar horas observándola por las noches, repasando sus decenas de arañazos, remiendos, abollones, manchas de alquitrán reseco y sus maletas de aluminio repletas de pegatinas. Está preciosa con todas esas heridas. Poco se parece hoy esta maltrecha montura a aquella moto reluciente e impecable que compré de segunda mano a mi hoy amigo Alberto Ruiz, vendedor de BMW Madrid. Poco podíamos imaginar ambos lo que iba a pelear y sufrir aquella motocicleta que había pertenecido a un tranquilo ejecutivo madrileño.

(…)

DEFINICIÓN DE HOGAR

Los viajeros anglosajones me preguntaron la noche anterior si después de tanto tiempo vagabundeando no echaba de menos mi hogar. Me extrañó la cuestión. No había pensado en ello porque la verdad es que no. No lo echo de menos porque estoy en él. Ahora mismo mi hogar somos mis enchufes y yo. Todo consiste en eso, en sentarme en el mejor sofá posible para vivir desde dentro de una auténtica película de acción en la que no terminan nunca de pasar cosas. Al atardecer llego a una habitación de hotel barato y enchufo mis aparatos. Ordenador, cámara, teléfono y reproductor MP3. Unas cervezas para cenar. Y al despertar, mi café, mi carrera de una hora y mi rato de escritura. En eso consiste todo. No he sido más feliz en toda mi vida.

Esa rutina es mi hogar y me gusta. Lo que pasa delante de mí, los paisajes, la gente, todo muta, cambia, se deshace como niebla bajo el sol. Pero yo permanezco y voy siempre ligero. El viajero debe llevar poco equipaje. Mi verdadero equipaje, lo que uso a diario, cabe en una mochila de 10 litros. El portátil, shorts, zapatillas de correr, una muda de ropa interior, camiseta y pantalón, y mis diversos enchufes. Ah, y el termo, todo un descubrimiento verdaderamente útil. Ahora soy un hombre a un termo pegado y puedo tomar te o café en cualquier momento. Todo ello lo llevo en una de mis maletas y lo saco cada noche. Si tuviera que salir corriendo no iría muy cargado. El resto son repuestos, la tienda de campaña, el saco, más ropa… uno aprende rápido a prescindir de lo superfluo y a proteger lo importante.

Aún así, es frecuente que con tanto ajetreo pierda cosas necesarias como mis gafas ahumadas. No las encuentro. No recuerdo donde diablos las he dejado. Eso sí es un desastre en un país como Siria, donde el sol es tan hiriente como la ira del Dios terrible del Viejo Testamento. He tenido que comprar unas ray ban falsas que no durarán más de tres día. Pero es que aquí todo es falsificado. O “no original”, como dicen ellos.

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Un pensamiento en “La emoción del nómada. Mañana en mis manos.

  1. ¡Hombre, tron! Tiempo sin verte. No conocía tu blog, y lo primero que me ha sorprendido es tengas el mismo tema que yo: el adventure journal. Ahora ya me fío más de mi buen gusto, je, je… Tengo, eso sí, que mejorar el background del mío.
    ¡Un abrazo!

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