La Emoción del nómada. Extracto.


La emoción del nómada - Cubierta

Mi nuevo libro está actualmente en la imprenta. Mientras escribo estas notas en un ordenador, quizá los duendecillos tipográficos estén tintando ahora mismo mis sueños de aventura sobre páginas blancas. Me han dicho los de la editorial Comanegra que el 28 de agosto podrá pasar la furgoneta de Nacex a recoger los 500 ejemplares que me corresponden de una tirada de 3000. Esos libros son los que venderé en la BMW Riders y en las pocas presentaciones (no más de 3 o 4) que realizaré en España. Los ejemplares que queden se irán distribuyendo libres de gastos de envío en este correo hasta que se agoten ese medio millar que me corresponden y que, a diferencia de los vendidos en librería, se convertirán en gasolina para mi última gran aventura: La Ruta Exploradores América, de Patagonia a Alaska

Para mí este texto supone un broche muy emotivo a una época de mi vida apasionante a la que ya empiezo a vislumbrar el final. Gracias primero a la inversión de mis ahorros y luego al apoyo de los lectores y algunos patrocinadores, he conseguido mantenerme cinco años viajando, acometer una vuelta al mundo, viajar a Samarcanda y ahora afrontar el viaje americano. ¿Y después? Después supone hablar ya del 2015 y eso es ya un futuro que ahora se me antoja demasiado lejano pero que estoy seguro que no consistirá en repetir el pasado. América marcará un rubicón en mi vida, de eso estoy seguro, aunque no sé qué dirección tomará a partir de ahí.

En cuanto al libro, el viaje narrado recorre Asia Central en un itinerario muy parecido al que he hecho en la reciente Ruta a Samarcanda, pero luego hay un giro hacia Oriente Medio como peregrino cristiano en ruta a Jerusalén y Belén que hoy ya no se podría realizar por la dramática situación de Siria, uno de los países que más me sorprendió en mi recorrido por su belleza, interés y la amabilidad de sus gentes, a quienes deseo el mejor de los futuros en paz. Antes de llegar la nación que fuera verdadera cuna de la Humanidad, recorrí Turquía. Hoy rescato el capítulo dedicado a Tarso, cuna de uno de mis santos preferidos: San Pablo.

CAPADOCIA

El día se despierta despejado y fresco. Preveo una agradable jornada. Estos paísajes lánguidos lucen suaves bajo esta luminosidad intensa del verano. Resulta delicioso viajar en moto por aquí. Hoy es uno de esos días en que toca visitar el paraíso. Ya en Goznoyu visito una ciudad subterránea. Un chiquillo me guía por el laberinto de túneles estrechos y oscuros. Quiere que baje por un estrecho agujero a una estancia sin iluminar. No puedo calcular la altura del salto. A pesar de que, asegura él, no hay problema alguno, no confío tanto en mi suerte. Él tiene catorce años y pesa cincuenta kilos de flexibilidad y yo tengo cuarenta y uno y unos huesos que ya no sueldan como antes. Necesito luz. Al final consigo una linterna, la sujeto entre los dientes y bajo sin problemas frenando mi descenso con pies y manos. He hecho bien no saltando a lo Jerónimo. Son dos metros de caída nada menos. Para moverse por los angostos pasadizos hay que agacharse y a veces incluso reptar. Cuando salimos al exterior, el centelleante sol turco me ciega durante unos instantes.

Luego enfilo hacia el valle de los monasterios. Está excavados en la pared vertical de una montaña. Hay que pagar una pequeña entrada y recorrer un senderillo de tierra. Encuentro bastantes familias haciendo picnic casi en la puerta de las sagradas cuevas. Recorro una pista ascendente y de pronto dejo la zona acotada y me pierdo por los montes. El horizonte es grandioso. Pocas cosas más bellas he visto desde una moto. Me estoy enamorando de Turquía. Acelero y cruzo pequeños pueblos donde campan a su antojo las gallinas, los perros y los críos. Yendo hacia el sur, de pronto, aparecen anti mi violentas montañas rocosas y afiladas, llenas de grietas, recortes, aristas. Son los montes Toro. Tumba de ejércitos. Su musculatura es gris, nítida y marmórea. Impresionan. A esta altitud el viento es fresco, revitalizante. Estoy eufórico, fuera de mí. Devoro con ansia y agrado una enorme sandía en un pueblo tranquilo. Los paseantes me miran con curiosidad. Soy el amo del mundo y deseo paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Cuando termino el ágape me despido afectuosamente de los vendedores y sigo mi ruta. La carretera continúa solitaria, vacía. Esto es lo más cercano al paraíso que conozco.

LA CIUDAD DE SAULO

Pero entonces llego a la autopista. Empieza un descenso abrupto, en picado, hacia Adana, son más de setecientos kilómetros de caída y el calor se vuelve a hacer presente. El tráfico es criminal y agresivo, muy denso e incómodo. Del cielo al infierno en el mismo día. Eso es viajar en moto. Agotado, me decanto por dormir en Tarsos, por eso de que en esta ciudad, capital de la antigua provincia romana de Cilicia, nació San Pablo entre el año 5 y el 10 de nuestra era. En cierto modo, yo también soy un converso caído de su montura. Custodiada por los inmensos montes Toros, la población es fea, grandota y poco queda en su fisonomía turca de la urbe helenística, cuna de la filosofía estoica y punto de la ruta que unía Siria y Anatolia.

Visito el llamado Pozo de Pablo. No es gran cosa, dicen que es de la época romana pero la cuerda y el cubo tienen quince días. Eso sí, venden todo tipo de recuerdos y souvenires que recuerdan a un personaje llamado el Apostol aunque nunca formó parte del grupo de los doce que convivieron con Jesús de Nazaret. Saulo Pablo era judío griego y disfrutaba de la ciudadanía romana. Trasladado a Jersualén en su juventud, se convirtió en feroz perseguidor de los primeros cristianos en Israel. Hasta que un día, mientras viajaba a Damasco para seguir con su tarea represiva se le apareció Jesucristo y lo arrojó a tierra desde lo alto del caballo.

—Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?
—¿Quién eres, Señor?
—Soy Jesús, a quien tu persigues.

Saulo Pablo quedó ciego y fue llevado de la mano hasta Damasco, donde pasó tres días sin ver, comer ni beber. Cuando se recuperó, se había producido en él una conversión total. Como escribió en sus epístolas, no aprendió la Fe de ningún hombre sino que se le había revelado directamente por Dios. Comenzó entonces un apostolado tan furibundo como lo había sido su persecución. Realizó tres largos viajes a pie por Asia Menor y el Mediterráneo. Caminó más de cinco mil kilómetros y escribió numerosas cartas en las que daba consejos e impartía instrucciones, pero también hacía un incipiente periodismo viajero contando lo que veía y sentía. Semejante esfuerzo no podía acabar sino en el martirio. Siempre es igual. La conjura de necios, envidiosos y mediocres se desata en todo tiempo y lugar contra quien destaca. Pablo fue detenido en Jerusalén y trasladado a Roma, donde fue decapitado bajo el reinado de Nerón.

Anuncios
Categorías: Uncategorized | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: