El final de la escapada.


La emoción del nómada - CubiertaLlevo un detallado diario de mis viajes donde anoto cada día cuanto sucede y todo lo que pienso sin ocultar nada ni censurarme. Luego voy extrayendo de esa prolija matriz lo que me hace falta para los reportajes y artículos. Suelo dejar el texto íntegro, extenso y desnudo para los libros, pero como del viaje a Samarcanda no va a haber libro porque saco en septiembre uno sobre el mismo itinerario realizado en 2009 cuando yo era un viajero inexperto, creo que será interesante transcribir aquí íntegramente el fragmento de mi diario correspondiente a uno de los tramos más duros del viaje, de Aktau a Beyneu, en Kazakhstán, porque ese recorrido sacó de mí algunas reflexiones sinceras y duras. No sé si sigo pensando lo mismo que aquella mañana en la que escribí esto en el hotel Apha de Beyneu, pero desde luego creo que son interesantes; como ya saben los que me leen con cuidado, la Literatura o es desde las tripas o no vale la pena intentar engañarse. 

La dependencia del aduanero uzbeco constaba de un sucio cubículo rectangular de dos metros por tres construido con basto hormigón. Un sillón desvencijado. Una mesa coja de formica desbaratada. Un archivador gris. Tres ventanas traslucidas de polvo. Un alargado cartel con una frase en árabe del Corán que colgaba torcido sobre una estantería. Sobre ella una torta de pan sin levadura, una tetera renegrida, doscientas moscas y una radio que emitía sin pausa una atroz música mestiza, mezcla de ritmos electrónicos de pachanga discotequera y ulular de canciones tradicionales asiáticas. Sin embargo tan particular y atrabiliario escenario, no me había fijado en ninguno de estos detalles hasta llevar allí dentro un buen rato. Todo me parecía normal, hasta que me di cuenta de que lo anormal era que me pareciera normal. De pronto, mi indiferencia ante semejante cuadro me llamó más la atención que nada del presunto desastre.

frontal moto puesta sol

Yo permanecía de pie, esperando obtener un permiso de importación temporal de mi motocicleta. A mi lado, un grupo de militares y civiles discutía a voz en cuello y con muchos aspavientos. Me obligué a fijarme en ellos. Eso es lo que hace un escritor, diablos, me dije, se fija en las cosas y no se queda como un pasmarote papando moscas. Observé a los soldados. Puede que solo fueran funcionarios, pero en las antiguas repúblicas socialistas soviéticas casi todos los empleados públicos visten uniforme de estilo marcial; sin embargo, hay algo en su modo de llevarlo que destruye la posible prestancia que les pudiera otorgar: los zapatos. Ningún soldado lleva botas aquí. Todos calzan gastados zapatos de baja calidad, normalmente con puntera afilada, algo combada hacia arriba y el talón aplastado para que sea más fácil descalzarse. Y es que el calzado es impuro. Pisa la calle. El terreno maldito que no es de nadie y donde cualquiera puede hacer lo que le da la gana. A las casas y a las mezquitas se entra descalzo.

surtidor infierno

El aduanero tecleaba trabajosamente con un dedo en un ordenador cuyas tripas albergaban el formulario electrónico para conceder los ansiados permisos de importación temporales. Le costaba sudores leer mis documentos y pasarlos al programa. Era un chico joven, francamente colaborador y su inglés era más que aceptable. Supongo que por eso le encomendaban encargarse de los extranjeros que elegían el peor camino posible para entrar en Uzbekistán. En su propio vehículo desde Kazajistán. Y yo había elegido el peor del peor, el que comienza en Aktau, a orillas del mar Caspio, y cruza todo el interminable desierto hasta esta frontera. Los que vienen por Turkmenistán o por la ciudad kazaja de Atyrau encuentran una carretera razonablemente asfaltada. Yo solo tuve el Infierno y todo para mí solo. De Aktau a Beyneau hay 470 kilómetros de polvoriento páramo. Hice el tramo en 2009 en dirección contraria y aluciné con su dureza. Temía que como tantas otras cosas de mi viaje iniciático, esto también hubiera mejorado debilitando la sensación de aventura. Esperaba mucho de recorrer esta distancia de nuevo. Soy un iluso y un imbécil romántico.

camello frontal moto

De los 470, los primeros setenta siguen siendo una carretera regular. Cuando encontré el asfalto en el 2009 y me dijeron que llegaba hasta el mar me pareció como un regalo. Pensaba ahora que lo habían alargado. Pues no. El infierno de baches, polvo, arena fínísima como talco y una especie de lengua de roca viva llena de cráteres seguía ahí. Al principio me pareció divertido. Al fin y al cabo era lo que venía a buscar. Fotografié y filmé. Tampoco hacía tanto calor como la primera vez. Pero el camino se fue haciendo largo y cada vez más duro. La moto traqueteaba de un modo horrible. Parecía que iba a desintegrarse. Y el viento soplaba fuerte y levantaba nubes de polvo. En realidad, no creo que fuera muy diferente a como lo viví si recuerdo lo que escribí en mi diario. El que ahora es diferente soy yo. Aquella vez todo era nuevo. Me estaba demostrando a mi mismo que era capaz de hacerlo. Y eso me ilusionaba. Ahora ya sé que soy capaz. Ya no me ilusiona superar estas dificultades. Y sin ilusión, solo sufres.  Ahora es momento de preguntarse qué sentido tiene hacer esto.

en la seccion peligrosa

El aduanero uzbeco me preguntaba detalles técnicos y yo respondía mecánicamente. Solo pensaba en que no se diera cuenta de que la moto no es mía, que el dueño es BMW Ibérica SA, quien la cede como patrocinio. Si cayera en ese detalle tendría que dar más explicaciones y llevaría más tiempo y ya llevaba suficiente tiempo en la frontera. Porque las fronteras centro asiáticas son una pesadilla. Cuando llegué al lado kazajo, unas naves en el páramo, los aduaneros estaban comiendo. Tuve que esperar sucio de polvo y cansado mientras veía como las horas de luz, vitales en el desierto, iban pasando.

Cualquier paso administrativo en estos países supone un largo tiempo. Y eso es también una incomodidad que está dejando de resultarme divertido. Recuerdo cuando en mi primera gran viaje de aventura por África me retuvieron en la aduana de salida de Zambia por problemas en la importación de la moto. El retraso fue de un día entero, pero me lo tomé con humor, sabiendo que formaba parte de la aventura. De nuevo me estaba probando a mí mismo. ¿Era capaz de lidiar con funcionarios africanos y sobrevivir? Pues sí. Lo hice, resolví mis problemas y seguí viaje después de escribir uno de los capítulos más memorables de Un millón de piedras sobre la bailarina enana del hotel donde tuve que alojarme aquel día. Pero entonces valió la pena, supe que podía esperar más que ellos y que esa actitud funcionaba. Hoy verme retenido un día en una frontera no me hace puñetera gracia. Creo que en lugar de pensar en como describirlo para un libro estaría pensando en la cantidad de trabajo que tengo por hacer. Y es que esa situación ya está vivida, ya está escrita, ya está amortizada. Repetirla es repetirse. Y la aventura no puede ser repetición ni uno se mete en esto para acabar repetido.

camion polvo

El aduanero preguntó potencia, año de fabricación y el valor de la moto. Lo que cuestan las cosas es una constante. Aquí viene a hacerse la interrogación con un  “Eskolka?”. La transcripción es cosecha propia. No sé como se escribe pero sí como se pronuncia. La pregunta la escucho continuamente. A veces tiro por lo bajo para no dar impresión de millonario, algo que es absurdo, porque aunque diga que cuesta la mitad de la mitad de lo que cuesta sigue siendo una cantidad desorbitada para la mayoría de estas gentes; otras veces digo que cuesta cifras deliberadamente absurdas, como un millón de dólares. El resultado es siempre el mismo, incomprensión y caras de asombro. Pero esta vez reconocí el precio exacto para estupor del funcionario. Se quedó un momento pensativo entre tecleo y tecleo.

—Eso es mucho dinero. ¿Por qué lo haces?

—¿Por qué hago qué?

—¿Por qué esta forma de viajar solo, peligrosa, difícil? Podrías venir en avión.

Siempre he sabido que responder a estas preguntas. No tanto a los demás, sino a mí mismo. Tenía claro lo que estaba haciendo y por qué. También para qué. Exponerme a peligros ciertos y a incomodidades también ciertas cuando nadie me obliga a ello siempre me ha parecido una actividad un poco idiota. Recuerdo que mi primera conferencia sobre viajes en moto la titulé Manual del aventurero idiota. Y fue no solo porque yo mismo soy un desastre planificando y organizando mis aventuras, sino porque me daba cuenta desde el primer instante que solo los occidentales bien comidos pagamos por pasarlo mal. Los africanos que cruzan el Estrecho o los espaldas mojadas no son aventureros, desearían un viaje confortable al primer mundo, pero arrostran riesgos sin red que a cualquier aventurero blanco le dejan a la altura de pijo de club de golf. Sabía que mi actividad no era más que otra consecuencia de la sociedad de confort en la que estamos instalados. De la que se huye brevemente para retornar. Que sé que necesitaba sentir frío para disfrutar de la calefacción, del hambre para deleitarme con un mendrugo seco al final de la dura jornada, de la sed para reconocer el dulcísimo sabor del agua potable. Necesitaba probarme, superarme y también necesitaba contarlo a los demás, escribirlo, comunicarlo, compartirlo.

carretera infinita

Esperaba también mucho de este tramo. En Kazajistán y Uzbekistán experimenté vivencias increíbles que me hicieron pensar, sentir, reflexionar. Aquí decidí cambiar mi vida. Esperaba encontrar algo, reencontrarme, volver a hablar con Dios en la estepa. Y no ha sido así, o al menos no ha sido como yo esperaba. Pero tampoco han sido jornadas vacías. Al contrario. He vuelto a hablar conmigo mismo, a ver cosas. Cosas nuevas. Y eso es lo que tiene este territorio extremo, que siempre saca cosas de ti. Cosas que te sorprenden. He visto, por ejemplo, que sigue siendo una auténtica proeza superar este tramo desolado entre dos remotos países que casi nadie en España sabe ubicar en el mapa. Y me admira más por quien fui que por quien soy ahora. De mí yo actual esperaba menor sufrimiento y más pericia. Y la tengo, pero creo que he sufrido más por la falta de sorpresa. El que sí se merece un aplauso es aquel chaval del 2009, sin apenas experiencia ni preparación. ¡Cómo volaba por el pedregal sin saber ni los kilómetros que le quedaban por hacer! Y ahora sí lo sé por el GPS que llevo y que me marca la distancia pendiente.

miquel en uzbekistan

¡Y qué decir de la moto! Aquella Gorda con maletas de plástico y llantas de aleación. Menuda máquina prodigiosa que no dio un solo problema. Ahora voy a tope equipado y la nueva moto responde aunque por el ruido que hace al traquetear sobre este firme arrugado parece el aviso de la desintegración total. Y sin embargo, mi querida y vieja BMW amarilla del 2004, qué bien se portó. Todavía funciona de un modo fantástico, como si nunca hubiera pisado Asia, como si jamás hubiera descendido al infierno.

dirty man

Pero hay algo más profundo en todo esto. El sentido de lo que hago y de lo que voy a hacer en el futuro. Creo que he llegado a un punto de no retorno. A otro en mi vida. 44 y soltero. Dedicado a sufrir para contarlo. Durmiendo cada noche en un catre prestado. Como un nómada. Buscando pasarlo mal para entretener a los demás. Malviviendo. Envejeciendo a toda velocidad. Arriesgando la salud y la integridad física. Hoy he estado a punto de resbalar e irme al suelo varias veces. Un accidente aquí y todo habría terminado. No es que no haya dos oportunidades, es que aquí no hay ni media. Y aun así seguía sobrevolando piedras y levantando polvo. Ese polvo que se acumula en las roderas y quiere tirarme al suelo pero que también se mete en mis poros, agrietando mi piel y haciéndome parecer más viejo que lo que soy. Hasta el aduanero uzbeco se ha sorprendido al ver mi foto del pasaporte.

—¡Éste es un hombre joven!—ha exclamado.

Cierto, he sido un hombre joven hace no tanto y ya no me siento así. Y creo que esto tiene que ver con la literatura también. Reconozco cada lugar por donde estoy pasando ahora. Cada gasolinera, cada tramo, cada figón, casi cada bache. Y recuerdo como lo describí en el 2009 y como está reflejado en el borrador del libro que saldrá en septiembre con el título de La Emoción del Nómada. Y ahora no lo veo igual ni lo escribiría de la misma manera. Eso es lo que me está enseñando este retorno al infierno. El infierno ya no me interesa. O al menos no me interesa escribir sobre él porque ya no me sorprende. Puedo cruzarlo, descender a él, rescatar a Beatriz si hace falta, echarle un polvo sobre las brasas, beberme dos litros de cerveza, dormir la mona con las calderas atronando, despertar sin resaca, correr una hora, sudar mares, calzarme las botas, arrancar la moto y salir zumbando sobre un millón de piedras. Y mañana repetir. Podría hacerlo y lo estoy haciendo. Soy duro. Ahora lo sé. He vivido esto antes. Es una experiencia repetida. Sé que me sobran huevos para esto y más.

viniendo cementerio 2

La noche anterior había visto una escena que me hizo reflexionar. Llegué a Beyneu al atardecer después de haber superado unos de los 470 kilómetros peores del mundo. El pueblo es la última posta kazaja antes de la frontera. Hasta Kungrad son otros 400 kilómetros de nada. La llegada me gustó porque topé con una especie de fiesta de final de curso escolar y había grupos de niñas disfrazas de lolitas caminando por la estepa y las calles con un sol declinante. El espectáculo de las jóvenes ataviadas con cofias y delantales y medias y zapatitos era totalmente surrealista viniendo de donde yo venía, pero para ellas lo surrealista era yo. El intercambio de surrealismos fructificó en una recíproca sesión fotográfica y en un rato de risas y diversión. Me gustó como terminaba el día y aún pude hacer alguna foto bonita del ocaso. He mejorado mucho con la práctica y puedo decir que soy un buen profesional de la aventura.

chicas kazajas 5

En Beyneu hay hotel. Lo indicaba el GPS. Cuando llegué encontré una caravana de cinco todoterrenos suizos. Esto me disgustó. Demasiados occidentales juntos y pocas habitaciones disponibles. Afortunadamente quedaba una. Entré en el restaurante completamente cubierto de polvo y allí estaban. Más de veinticinco suizos con pinta de jubilados ricos. Iban a Pekín ida y vuelta. Cuatro meses. Eché un vistazo a su itinerario. Era de locos. Distancias enormes y estadías cortas. Pasarían horas y horas metidos en los coches. Recorrerían las zonas más asombrosas del planeta encajonados y sin poder hacer casi ni una foto. Pero allí estaban, felices y bebidos. Habían venido por el camino fácil y ni se imaginaban lo que yo había pasado. Pero mañana tendrían su ración de aventura real.

moto piedras 2

Cuando terminaron de cenar y beber se retiraron. Entonces nos quedamos solos el líder del grupo y yo. Yo bebía cerveza y bromeaba con las camareras. Él contaba dinero y contaba dinero y contaba dinero y luego anotaba los resultados en un ordenador y comprobaba la ruta del día siguiente porque tendría que estar todo organizado para sus ricos clientes y él no bebía ni bromeaba ni parecía estar pasándolo bien. Calculé que tendría ya sesenta años cumplidos y que realizaba un trabajo que había dejado de divertirle por la enorme carga de responsabilidad que supone llevar cinco coches y casi treinta personas de París a Pekín y traerlos de vuelta sanos, salvos y divertidos. Lo observé con interés mientras trabajaba. Seguramente a estas alturas de su vida, ese pobre diablo preferiría mil veces trabajar en una oficina y tener un horario fijo. No creo que ni siquiera le divirtiera ya viajar aunque fuera por su propio ocio. Quizá empezó así. Como un mero juego, como un modo de rentabilizar una pasión genuina, pero ahora me parecía contemplar a un prisionero. Y yo nunca querré ser un prisionero.

moto camino terrible 2

Y no lo seré. Nunca voy a repetirme. Pienso organizar unos pocos viajes para enseñar a otros lo que he aprendido, para dejar un legado pero esa no será mi profesión. Hace cinco años dejé el registro de la propiedad para vivir la aventura porque era el modo de ser libre, tal vez deba dejar de ser aventurero para seguir siendo libre. Ahora no sé qué voy a hacer todavía, pero algo haré para escapar de la inercia. Y es que si para dar un giro completo a tu vida, hay que echarle un par de huevos, para darle dos giros, se necesita algo de reflexión serena.

No sé todavía que voy a hacer el resto de mi vida; creo que he empezado a caminar por otro sendero que no sé a donde me va a llevar, pero lo que no quiero ser nunca es un preso en la cárcel que yo mismo haya creado. No sé todavía si seguiré siendo aventurero profesional tras el viaje por América del 2014, no sé qué será de mi vida a partir del 2015, por no saber no sé siquiera si sobreviviré al día de mañana. Pero sí sé que me alegro de haber vuelto a Asia Central para haberme dado cuenta de que este regreso es en realidad una repetición.

mogollon peña frontera uzbekistan

Pero sé algo más también. Se que la aventura ya no me interesa como escritor. No al menos para escribir libros de viajes. Un buen libro de viajes creo que debe ser una sorpresa para quien lo escribe y lo lee. No se trata solo de parir títulos que se vendan, se trata de crear algo que valga la pena. Algo de lo que estar orgulloso. Algo genuino, real, sincero, sorprendente. Y solo se puede sorprender si uno se sorprende. Si no, es farsa. Y yo ya no me estoy sorprendiendo. En Un millón de piedras me sorprendí, por eso el libro funciona; en el próximo que saldrá, la Emoción del Nómada, donde narro mi primer viaje por estos países, me sorprendí tanto que creo que ese libro será lo mejor que haya escrito. Lo que ahora mismo podría contar de lo que estoy viviendo aquí me da la triste impresión de que no lo sería.

Cubierta La fuga del náufrago ALTA

Ha valido la pena regresar para aprender esto. Mis libros de viajes hasta ahora son genuinos porque los escribía un niño. Ahora soy un viejo. Un viejo debe escribir otras cosas pero no debe fingir sorpresa. Me queda mucho por escribir. No se me acaba la cuerda ni las ganas de contar. Tampoco voy a dejar de publicar libros de viajes. Pero no serán ni sobre este viaje ni probablemente sobre los que haga en el futuro. Si escribo libros de viaje serán sobre los que hice mientras era joven e inexperto. Todos mis anteriores aventuras están guardadas con sus respectivos diarios. Tal vez un día interese mi primer costa a costa por USA o mi paso por Irak o mi vuelta al Mediterráneo. Esos manuscritos siguen siendo interesantes porque entonces estaba aprendiendo, porque aún tenía muy clara la respuesta a la pregunta del aduanero uzbeco.

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Categorías: Uncategorized | 3 comentarios

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3 pensamientos en “El final de la escapada.

  1. Pues espero que escribas sobre los otros viajes.

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  2. .
    Cambiamos día a día, kilómetro a kilómetro…

    … “Eres lo que has viajado” – LULO –

    Gracias Miquel, por tú literatura, por tus viajes y por la experiencia aportada.

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  3. Una gran reflexión.¿Donde está la libertad?,¿Como conseguirla?…no debemos perder la ilusión, la capacidad de sorprendernos…como los niños.Sigue jugando Miquel y no dejes de sonreir.

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