El día que murió Juan Carlos


 

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Kazakhstan. Junio del 2013. Tras recorrer el infierno sin asfaltar entre Aqtobe y Atyrau estaba agotado, podría haber dormido en esta última ciudad; hubiera sido lo lógico porque llevaba más de 8 horas subido en la moto, pero me habían informado de que de ahí hasta Beyneu, distante otros 300 kilómetros, la carretera es nueva. De manera que enfilé la ruta sur y me chupé una enorme kilometrada pensando que siempre podía dormir en la tienda de campaña. El sol se iba muriendo a mi derecha y yo persistía en mi estúpida marcha hacia una cama lejana. Aunque ¿qué más da dormir en hotel o acampar? Casi es mejor plantar la tienda y amanecer en la estepa. Pero quería usar internet. Y solo en Beyneu encontraría una wifi. Es mi cordón con los míos. Con mi familia, los amigos y la gente que sigue este viaje en las redes sociales.

El número de interesados en lo que hago es sorprendente. Son miles los que miran mis fotos y vídeos. Y yo quería decir a los amigos que estaba bien, que había sobrevivido, aunque los más cercanos ya lo sabían por el localizador por satélite que llevo y que va marcando el track de mi ruta. Si la moto se mueve es que estoy vivo. Y ese día debían estar sorprendidos al ver la cantidad de territorio que estaba digiriendo. Y ellos sabían o al menos imaginaban la dureza del camino porque el mapa fotográfico no engaña a nadie. El desierto es gracias a Google Maps algo tangible.

 

Y se hizo de noche. Y seguí avanzando. Y mientras iba solo no había problema porque mis luces largas se abrían paso en la oscuridad; pero cuando me cruzaba con algún otro vehículo, sus focos deslumbraban mis cansados ojos y yo ponía las luces de cruce, mucho más débiles. Debido a las enormidad de ese desierto y a la rectitud kilométrica de la vía, me resultaba imposible calcular la distancia a la que se encontraban los puntos lumínicos. Cuando veía un haz de luz y creía tener casi encima el vehículo contrario, resultaba que en realidad estaba a kilómetros y sus luces se clavaban en mis ojos durante minutos hasta que el cruce se producía. Era agotador y confuso. Y eran muchos los camiones y coches que recorrían aquella carretera, quizá debido a que la temperatura ambiente descendía al anochecer, de modo que me cruzaba con cientos de potentes faros. Ciego y exhausto, circulaba sobre el asalto rezando para no topar con ningún bache o se me cruzara algún animal. 

 

Horas después de haberse hecho de noche entraba en Beyneu. Me dirigí al hotel Apha. Cuando llegué no reconocí a las empleadas. Había una vieja y una joven. Su amabilidad era menos cinco grados bajo cero. Yo estaba literalmente destruido, suplicando por una habitación y ellas desde detrás del mostrador como si no me entendieran. Lo más surrealista fue cuando ya acordado el precio del cuarto, 7000 tengues, saqué un billete de 10.000. Como estaba algo arrugado, la vieja se negó a cogerlo y me hizo señas de que me fuera.

 

—De ningún modo—, bramé—, y me tumbé en el sofá de la entrada.

 

La hija intervino y me dijo usando el traductor de inglés de google que al día siguiente fuera al banco a sacar dinero. Asentí y me dieron la llave. Pregunté si podía cenar.

 

—Niet.

 

El restaurante estaba cerrado.  Pregunté si tenían cerveza fría.

 

—Niet.

 

Salí a la calle. Hacia un bochorno horrible. Rondaban por allí unos pocos ociosos. Me acerqué  a la moto porque uno ya se estaba encaramando en ella. Le ordené que se alejara. El tipo empezó a hablarme en ruso con actitud agresiva. Estaba borracho. No era muy grande. Tan alto como yo pero más flaco y débil. Lo miré con ira creciente y entonces estallé. Cuando me enfado de verdad les grito en español que son unos mierdas, que me van a tocar los cojones y que como se ponga imbécil le arranco la cabeza de una hostia. Por supuesto no entienden una palabra de lo que digo, pero sí comprenden el significado de mi lenguaje corporal y yo no sabría hilar un discurso hostil tan redondo en otro idioma. Hay cosas como los tacos, las amenazas o las declaraciones de amor que solo resultan creíbles en el idioma materno.

 

El tipo achantó con actitud de perdonavidas. Yo levanté la tapa de mi maleta de aluminio y saqué tres latas de cerveza caliente. Me recosté en mi moto, las abrí y me las fui bebiendo bajo el cielo estrellado de Kazakhstan. Se acercó otro tipo, también borracho, pero más simpático. Me pidió una de mis latas. Me negué. Habían venido desde muy lejos, estaban a punto de ebullición, pero eran mías y no pensaba compartirlas con un desconocido caradura. El fulano se alejó en el polvo y yo me quedé por fin solo con mi cerveza hirviendo y mi paz estrellada. Pensé entonces en el episodio de abierta agresividad vivido y me arrepentí sinceramente de haber perdido el control. Estas estupideces pueden un día salirme caras. Un extranjero solo no debe meterse en trifulcas en un país desconocido, sin amigos y tan lejos de cualquier punto civilizado. Pero no estoy del todo bien de la cabeza, soy todo temperamento para lo bueno y para lo malo, mi sensibilidad está siempre a flor de piel, y a veces tengo reacciones irracionales o desmedidas.

 

Como el día que estando en Estados Unidos me dieron la noticia de la muerte en accidente de mi amigo JC. Quizá tú no sepas quien fue Juan Carlos Nokalkorretant, pero probablemente si hayas visto esa silueta del salto en mis camisetas y en las pegatinas que llevo en la moto. Son en su honor. Es su silueta. En este enlace puedes leer quien fue y por qué le recordamos con tanto cariño.

http://lacomunidad.elpais.com/miquelsilvestre/2012/8/7/otro-maldito-obituario-nunca-querria-haber-escrito-juan

Me enteré el 5 de agosto en Chicago, en un Mac Donalds, donde me había metido con Domingo Ortego para revisar los correos electrónicos usando la wifi gratuita. Esa noche habíamos dormido en la tienda de campaña y permanecimos desconectados muchas horas. Cuando empezaron a entrar los avisos, no podía creérmelo. Recordé la señal del día anterior. Me había despertado en un motel de carretera y descubierto con desagradable sorpresa que había perdido la cruz del rosario que llevo enroscado en la muñeca desde el 2009. Ese rosario me lo entregaron las Hermanas de la Caridad en Uzbekistán y ha sobrevivido incólume todo este tiempo a pesar del pésimo trato que le he dado arrastrándome por desiertos y selvas. Cuando regresé a Tashkent en este viaje del 2013 y se lo enseñé a la hermana que me lo entregó, se quedó sorprendida. Llamadme necio, pero su resistencia es ya milagrosa.

 

Por eso me di cuenta de que algo malo iba a pasar cuando vi que faltaba la cruz. Supe que era una señal, pero no podía imaginar que anticipara una tragedia tan terrible. Salí conmocionado del Mac Donalds, subí en la moto y seguido por Domigo hice los 800 kilómetros del viaje hasta Toronto en estado de shock; incrédula pasividad que se convirtió en rabia al encontrar el primer atasco. Cuando dentro de la gran ciudad canadiense tuve una pequeña discusión con un transeúnte dos palmos más alto que yo, me bajé de la moto y me enzarcé en una pelea a puñetazos. Podía haberme costado caro enfrentarme a un fibroso bigardo pero tuve la pericia de acertar con mi pesada bota de motorista en sus testículos y libré la partida sin daños de consideración. Domingo Ortego, quien me acompañaba ese día, fue testigo del suceso, como las decenas de pasajeros de un tranvía que no dejaron de hacerme fotos y amenazarme con llamar a la policía.

 

Minutos después estaba arrepentido y preocupado por lo que podría haber sucedido si el tipo ese me hubiera dado una paliza brutal o si la policía canadiense me hubiese aplicado todo el rigor de la ley. Recuerdo que me contaron en Kuala Lumpur que un inglés se lió a puñetazos en Singapur y lo condenaron a veinte años de cárcel. Hay países por ahí con leyes draconianas y uno puede meterse en líos de consideración si no controla mejor sus reacciones. Pero mi naturaleza es así. Impulsiva. Yo no soy un actor. Lo excesivo de mi personalidad que se aprecia en vídeos y textos es real. La muerte de JC me conmocionó y no razonaba con claridad; solo sentía rabia. Lo curioso es que esa misma noche Domingo fue testigo de otro acto mío tan impulsivo e irreflexivo como el anterior pero en una dirección totalmente contraria. Estábamos en la terraza del hotel más barato de Toronto tomando unas cervezas sentados en torno a una mesa de madera cuando se acercó una joven mujer mulata con un par de críos de ojos muy vivos. Los niños subieron a su cuarto y nosotros nos quedamos hablando con ella, que resultó una mujer interesante, inteligente y muy cultivada.

 

Venía de Martinica, una colonia francesa en el Caribe. Mecidos por esa confianza que surge entre desconocidos, hablamos de la vida, de Dios, del futuro, de nuestros viajes. Cuando le preguntamos qué hacia en Toronto, nos contó que estaba sola, que lo había dejado todo atrás porque sus hijos no tendrían futuro en la isla caribeña. Que al ser bilingüe en inglés y francés y diplomada universitaria estaba segura de que podría encontrar trabajo en Canadá; que acababa de llegar, que había encontrado apartamento pero que no podía mudarse porque le pedían dos meses de fianza y que aunque tenía el dinero en un banco francés, la transferencia no llegaría hasta la semana siguiente pues ya estábamos a jueves y que mientras tanto tenía que pagar una habitación en el hotel a razón de 60 dólares diarios para compartir cama con sus hijos. Pero lo podía pagar con la tarjeta. Casi quinientos dólares por un agujero rodeado de vagabundos cuando podría estar ya en un nuevo hogar por culpa de un retraso burocrático. He escuchado muchas historias, de algún modo me encargo de repetirlas sobre el papel, y creo saber reconocer cuando son verdad. Y esta lo era. Era verdad la esmerada educación de ella, eran verdad los hijos, eran verdad sus opiniones anteriores sobre la vida, el futuro y la religión.

 

—¿Cuánto te falta para la fianza?—pregunté.

—1000 dólares—dijo ella.

 

Nos quedamos en silencio Domingo, ella y yo bajo el cielo de Toronto. De pronto fue como si presenciara la escena desde fuera. Una noche de verano. La temperatura agradable. Las tres mil estrellas nos contemplaban. Había recibido un terrible noticia pero en general me sentía bien. Mi amigo había muerto haciendo lo que más le gustaba. Yo estaba a punto de terminar una vuelta al mundo en moto. Yo estaba sano y viviendo mi sueño gracias a toda la buena fortuna que siempre he tenido, a todos los ángeles que me han protegido. A encontrarme gente en el camino que me ayudó quizá porque Dios la envió. Como JC. Y entonces, inflamado por la cerveza, por la reciente pelea, por la muerte de JC, por las tres mil estrellas, por el dulce verano de Norteamérica, por la triste historia que acababa de escuchar, quizá por todo eso decidí que esa vez me tocaba a mí cumplir mi parte del trato, que me correspondía a mí realizar el gesto que enseñase a dos niños de ojos muy abiertos que se puede tener esperanza.

 

Me levanté, fui hasta mi moto, levanté la tapa de una de sus maletas y en lugar de cervezas calientes kazajas saqué el arrugado sobre donde guardaba los menguados restos de mi presupuesto en metálico.

 

—Aquí tienes los 1000 dólares—dije acercándome donde estaban ellos—

. Son de lo poco que me queda para el viaje tras casi año y medio en la carretera. Múdate mañana al apartamento y cuando te llegue la transferencia me los ingresas.

 

Ella cogió el puñado de billetes y presencié en sus ojos un agradecido estupor que me hizo saber que había hecho lo correcto me los devolviera o no. Me di cuenta de que había sido elegido por la vida para enfrentarme en Toronto a uno de esos momentos decisivos en que has de elegir entre hacer algo o permanecer pasivo. No me sobraba el dinero, de hecho se agotaba con rapidez y no sabía entonces si podría continuar viajando, pero tuve fe en que si se cumple la parte del trato que uno tiene con Dios, el mundo, la Humanidad o el puto Karma si prefieres llamarlo así, se recibe lo que se entrega. Acerté. Hoy me encuentro en mucho mejor situación profesional que aquel día, puedo seguir viajando y sé que JC lo está disfrutando todo desde una posición privilegiada porque él también soñaba con algo así, ¿verdad, nen?

 

 

 

 

Epílogo. Ahora que estoy en España y se acerca el aniversario de su fallecimiento anuncio mediante este post que la única actividad pública que voy a realizar abierta a todos y de modo completamente gratuito, será el viaje que haga a Galicia para visitar su tumba en Souturdei el 4 agosto. El viaje se está organizando a través del Grupo de Amigos de Miquel Silvestre en Facebook.

https://www.facebook.com/groups/amigosdemiquelsilvestre/?ref=ts&fref=ts

Será un viaje alegre porque él lo era y así lo habría querido, pero no será una fiesta sino un homenaje a un buen hombre y una muestra de cariño a su familia. Estás invitado a venir con nosotros.

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Categorías: Uncategorized | 5 comentarios

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5 pensamientos en “El día que murió Juan Carlos

  1. Gracias por el relato , un beso , no tengo palabras

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  2. Estic content de poder llegir-te Miquel,a vegades ens pareixem molt,jo puc veure reaccions teves que són ses mateixes que ses que jo he tingut en moltes ocasions.

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  3. .
    … NO COMMENTS!

    “Khorosho”

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  4. La vida es lo que tiene un dia te da vistas y sensaciones maravillosas y otro te destroza lo mas hondo de tu ser.

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  5. Pingback: ANIVERSARIO DE JC EN SOUTORDEI | Aventura Motera

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