El castillo encantado de Georgia y el restaurante de los mafiosos


stones

De Gori a la Frontera suceden una serie de desastres dignos de ser reseñados. Hay tramos muy malos y hace mucho viento. Los tramos malos me divierten pero me incitan a filmarlos. El viento tiene la particularidad de ser capaz de tirarme la cámara con el trípode. El resultado es que el ojo de pez queda maltrecho de un potente golpe contra el suelo y el trípode se jode definitivamente, lo que supone un gravísimo contratiempo porque creo que no podré conseguir otro sino en Bakú, e imagino que a precio de oro en una ciudad rica en un país pobre; el dinero del petróleo parece que se queda en la capital y no llega al resto del territorio, que permanece en el pasado.

moto carretera caida

Otro detalle interesante es encontrar el castillo que tantas veces he recordado. Cuando lo vi sobre una loma en 2009 recién había cruzado la frontera con Azerbaiján y me lancé como un poseso por la estrecha pista que llevaba hasta él. Un senderillo que solo se puede subir a pie o en moto. Me vi de pronto ante una fortaleza intacta y vacía, las puertas abiertas. Ni vigilante, ni curiosos, ni turistas ni desperdicios, ni nadie más que no fuera yo. Me pareció uno de los lugares más mágicos que había hallado en mis viajes y desde que decidí volver a Georgia, quería visitarlo de nuevo. Y de repente, allí estaba, inmenso, orgulloso e intacto.

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Volví a subir el sendero y me metí otra vez con la moto dentro de él. Entonces me di cuenta de algunas cosas. El castillo me seguía pareciendo impresionante y real, pero podía hacer mejores fotos que hace cuatro años porque tengo mucha mejor cámara y algo he aprendido a fuerza de práctica, el senderillo me ha parecido mucho más fácil que hace cuatro años porque tengo más pericia, y el camino que de aquí hasta Tblisi me había parecido larguísimo aquel día mientras que hoy, que venía todavía de más lejos todavía, no me resultaba tan largo. Y es que algo sí ha cambiado. Nos hemos especializado. Ahora somos profesionales de la aventura y acabo de darme cuenta de lo mucho que esta vida nómada me ha curtido.

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El restaurante

La frontera se acerca y también reconozco el figón donde paré a comer nada más entrar en Georgia. Aquel día había ocho tipos con pinta de delincuentes y el local parecía una cueva. Hoy me parece un sencillo restaurante para camioneros. Los dueños, un matrimonio georgiano, me atiende con simpatía. Los clientes turcos tienen un aspecto de los más pacífico.

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“Paro en el primer restaurante de carretera que veo. Cuando cruzo las puertas y me acostumbro a la semipenumbra, detecto que no estoy solo. Alrededor de una larga mesa hay sentados ocho tiarrones, grandes como castillos. Su aspecto es poco tranquilizador. Actúo con naturalidad pero sin soberbia. Es la única táctica que he aprendido a lo largo de miles de kilómetros. Nunca mostrar miedo pero tampoco tener una actitud chulesca o agresiva. Me dirijo a la barra y en mi ruso ostrogodo pido de comer.

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Como de costumbre, el extranjero en moto causa curiosidad instantánea. También en Georgia. Los tíos grandes como castillos me invitan a sentarme con ellos y comer de lo suyo. Brindan con vodka para celebrar su amistad y curar su resaca. Me ofrecen de sus propias vituallas y aceptan con comprensión que no beba con ellos porque tengo que conducir. No aceptan en modo alguno que pague y me desean suerte en mi viaje de forma Uno habla un inglés medio decente porque estuvo viviendo en Madrid y Londres varios años. Solo Dios sabe haciendo qué. Lo que sí me queda claro es que si no soy ruso, puedo ser un amigo. Odian a los rusos.

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Me advierten de que las tropas rusas están sólo a veinticinco kilómetros hacia el norte. Todavía ocupan el territorio de Osetia del Sur, donde han repartido libremente pasaportes rusos a la población eslava. Han incorporado cientos de miles de ciudadanos georgianos a la Gran Rusia y ahora dicen que están en Georgia para defender a sus compatriotas. Ignoro qué justificación darán los rusos a esta actitud, pero es evidente que para estos georgianos es una deliberada agresión a su integridad territorial y a su orgullo patrio.

—¿Viajas solo?—pregunta el que vivió en España.

—Sí—contesto.

—¿No te da miedo?

—Sí, pero soy fuerte—respondo seguro de mí.

—Me lo imagino—replica levantando su vaso.

Salgo inflamado de bienestar. Esto es para mí viajar en moto, es estar abierto a los demás, a la sorpresa, a un brindis con desconocidos, a estrechar manos y repartir besos y abrazos, a ser parte del mismo mundo que estoy recorriendo. Con la carretera por delante y el sol poniéndose delante de mí, tengo otro rapto de violentísima emoción. Lloro de felicidad y de enorme gratitud. La profundidad de mis sentimientos es tan inmensa que creo que voy a levitar con Gorda y todo. Le doy gracias a Dios por todas las cosas buenas que me ofrece, por los paisajes que contemplo, por estar vivo y por ser consciente de todo ello.”

moto carretera

Incluso el país en su conjunto me parece menos pobre y hostil que hace cuatro años. No creo que haya cambiado tanto, sino que el que ha cambiado soy yo. He visto muchas cosas, he visitado lugares realmente pobres y terribles, mi umbral de tolerancia se ha ensanchado y por eso esta zona fronteriza ya no me impresiona tanto como hace cuatro años. No sé si es mejor o peor, pero supongo que tanto mundo no pasa por debajo de tus ruedas impunemente. Me quería convertir en aventurero, y ya lo he conseguido. El precio a pagar es también esto, perder capacidad de impresionarse.

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Un pensamiento en “El castillo encantado de Georgia y el restaurante de los mafiosos

  1. .
    Si, un precio de cuando se viaja mucho es eso:

    “”El precio a pagar es también esto, perder capacidad de impresionarse.”””

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