Gori y el museo de Stalin


escultura moto

Recorro la carretera principal hacia Gori. Tras dejar atrás el litoral, nos rodean verdísimas montañas salpicadas de poblaciones decrépitas y cientos, miles de grandes camiones. Esta es la ruta que va de Turquía a Azerbaiján y los pesados TIR son mi pesadilla y mi peor enemigo. También la lluvia, que lo pone todo todavía más complicado y peligroso.

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Llego tarde, cansado y mojado. Paso por delante del ayuntamiento y me llevo una sorpresa. Ha desaparecido la enorme estatua que tenía Stalin. ¡Maldita revisión histórica buenrollista! Y no es que sienta simpatía alguna por semejante criminal megalómano, responsable del asesinato de millones de personas, pero el pétreo homenaje que la ciudad dedicaba a su hijo más conocido suponía una presencia que esperaba reencontrar. Hace cuatro años entré en esta población y literalmente aluciné con la profusión de estatuas y recuerdos a Stalin. De hecho la avenida principal de Gori se llama Stalin. Entonces hice una foto con mi BMW y para mí el monumento al dictador ha sido un recuerdo imborrable, un símbolo de mi viaje al Este y a la antigua Unión Soviética.

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Del mismo modo que busqué y encontré a Semra en Estambul, esperaba hallar la gigantesca figura de Stalin como signo de mi regreso y hacer una nueva fotografía con la nueva moto. Pero en su lugar solo encontré ausencia. Para un visitante primerizo, la plaza del ayuntamiento solo tendría eso: una plaza y un ayuntamiento, pero para mí tiene un enorme vacío, un agujero sobre el aire que casi lo ocupa todo. Sé que no está, pero incoscientemente la busco y siempre topo con el vacío.

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Al menos, el museo permanece. Y casi enfrente, el hotel Intourist. El hall es inmenso, pero la recepción es diminuta. Dentro hay un chico y una chica. Piden 70 laris. Ofrezco 60 y lo aceptan. Mañana ofreceré 50 y también los aceptarán. Por ese precio tengo derecho a un autentico palacio soviético de gruesos muros, columnas, largos pasillos, ausencia de cafetería, restaurante o huéspedes. Estamos solos el casino y yo. Y es que hay un casino abierto las 24 horas en la primera planta. En la segunda no hay más que obras y habitaciones devastadas por un incendio. En la tercera hay más de veinte cuartos y solo uno ocupado. El mío. El número 4. Con dos camas duras, un baño limpio y una terraza con vistas al alargado parque de la avenida Stalin que nos llevará a la casa original de Stalin, al tren privado de Stalin y al museo de Stalin. Pero eso será mañana. Hoy estoy agotado, de modo que voy al bar de al lado del hotel y pido ensalada y dos cervezas, pero antes de que pueda pedir una tercera me exigen que abandone el local que la camarera quiere irse. Stalinismo hostelero en Gori.

EL MUSEO

El museo es un auténtico delirio. No hay asomo de crítica o censura, es como si Hitler tuviera un museo en su pueblo. Aquí no ha habido perestroika, ni revisión histórica, ni caída del Muro, ni paz, piedad y perdón. Esto es droga dura y se mantiene inalterada desde los tiempos oscuros de la época de las purgas, las deportaciones y el GULAG.

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Stalin, hijo único y cruelmente maltratado por un padre alcohólico, gobernó la Unión Soviética con mano de hierro desde 1929 hasta su muerte en 1953. Aupado por Lenin a un cargo político aparentemente hueco, fue maniobrando incluso antes de la muerte de su mentor hasta hacerse con el poder absoluto. Lo usó como un depredador despiadado en busca de su supervivencia a toda costa. Deportó pueblos enteros y purgó a cualquiera del que sospechara desafección.

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La institución la fundó el mismo Stalin en la calle donde estaba su humildísima casa de niño. Derribó el barrio primitivo y construyó un mamotreto de cemento para mayor gloria suya, pero, romántico él, mantuvo en pie la vivienda familiar como testimonio de la dureza de su infancia. Su padre era zapatero y su madre, ama de casa. Como tantos otros chicos, pienso yo, que prefirieron ser zapateros y casarse con un ama de casa antes que asesinar a millones de persona y deportar otras tantas. Aquí esa fruslería parece no importar demasiado. Su rostro se repite en decenas de fotografías. Es el retrato de un héroe que se fugó cinco veces de las prisiones en que lo encerraron.

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Durante años la propaganda anticomunista le imputó entre cuarenta y sesenta millones de muertos. Se ha demostrado que tales cifras eran falsas. Lo verdaderamente grave de la exageración es que parece hacer menos grave el dato contrastado según los propios archivos soviéticos. Un millón cuatrocientos mil rusos murieron por haber sido condenados por actividades antirrevolucionarias. Eso es sin contar a los campesinos deportados y los soldados muertos en el frente en campañas bélicas suicidas o ejecutados por deserción o derrotismo. Lo realmente terrible es que la inflación de estas cifras nos haga sentir menos horror ante un millón de muertos que ante cuarenta.

Lo peor de las reflexiones que me suscita este atroz museo no es que  no haya en él nada que censure al dictador y su fría crueldad, sino que de nuevo vulevo a ser consciente de que debido al fenómeno del kilómetro emocional nos sentimos igualmente fríos ante  la muerte de un millón de desconocidos que ante cuarenta millones. Seguramente y por pura cercanía nos afectará más ver sufrir a un perro conocido que enterarnos que en el otro confín del planeta están siendo asesinadas millones de personas. Llevado al extremo este sentimiento de no considerar cercanos a quienes no conocemos, deriva en la patología social de no reconocer como iguales a los que conocemos mal o de forma incompleta. Estimulando ese defecto moral es como los totalitarismos han logrado convencer a zapateros, panaderos o abogados de que podían, de que debían ser verdugos de sus vecinos por ser judíos, contrarrevolucionarios o comunistas.

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Nada se dice, sin embargo, de sus horrendos crímenes, pero sí se expone el tren personal del dictador con sus aposentos personales, sobriamente principescos. Paseando por el interior del vagón, observando los delicados cueros y maderas con los que se regalaba Stalin, pienso en que hay algo en todo este sencillo lujo que me recuerda a Graceland, la mansión de Elvis Presley en Memphis. Él también tenía su propio y particular modo de transporte, aunque en su caso era un avión a reacción llamado Liza Marie con las hebillas de los cinturones de seguridad hechas de oro macizo. Con dos cojones. Le comento a la guía este paralelismo y adopta expresión de no entender a qué carajo me puedo estar refiriendo al comparar al camarada Stalin con un rockero americano. Ni siquiera sabe quién fue Elvis Presley.

Salgo a la calle y contemplo como en la plaza que hay delante de tan macabro museo juegan los niños y los adolescentes se cortejan. Eso alegra mi ánimo. La vida siempre sale adelante. No todo está perdido en Gori.

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Categorías: Uncategorized | 4 comentarios

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4 pensamientos en “Gori y el museo de Stalin

  1. .
    El caso de la estatuta de Stalin es lo mismo que ocurre con las del Generalisimo Francisco Franco que nos guste ó no forma parte de nuestra historia, y los pueblos que desconocen u olvidan su pasado, estan sometidos a volver a cometer los mismos errores…

    … ademas, el “Kamarada Stalin” probo la bomba atomica sobre sus propias tropas y mato de hambre a 7 millones de Ukranianos, historia que no tiene “buena prensa”.

    Gracias por tú magnifico trabajo.

    – LULO –

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  2. Grande amigo, muy grande.

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  3. Muy buenoooo! Pedazo de articulo

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  4. Muy ilustrativo e interesante.Aupa Miquel.

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