Semra, la tatuadora de Estambul


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Estambul es la ciudad del regreso. A donde siempre se vuelve. Esta es mi tercera vez. En cada ocasión he llegado por un camino diferente y siempre me he quedado más de una semana. Estambul es lo que llamo un agujero negro; uno de esos lugares en el planeta en los que es tan fácil estar como difícil irse. Eso también le ocurre a Nueva York o a Ciudad del Cabo. Estambul es un país en sí mismo muy diferente a Turquía. Un país que  huele a kebab y a zumo de naranja recién exprimido, a azúcar derritiéndose, a perfume de mujer, a basura y a cerveza.

Podría quedarme indefinidamente aquí, callejeando, respirando sus mil aromas, escuchando sus miles de voces, acentos y sonidos, podría cruzar cien veces de Europa a Asia y siempre me parecería un territorio desconocido y familiar al mismo tiempo, un solar milenario en Historia y eterno en futuro donde los velos se alternan con las minifaldas y las chicas beben cerveza, fuman y van a las mezquitas a rezar. Estambul, la patria de todos y la propiedad exclusiva de nadie.

Para mí penetrar de nuevo en sus calles de atascos inauditos supone un regreso al pasado. Ahora me doy perfecta cuenta. Este viaje no es solo una aventura promocional de BMW Motorrad ni tampoco una excusa para que mis vídeos salgan en televisión o consiga más seguidores en las redes sociales. Este viaje en realidad es un reencuentro. Un reencuentro conmigo mismo. Con el nómada inexperto y temeroso que yo era cuando aparecí en Estambul desde el terrible y salvaje Este que tanto me enseñó de mí mismo y del mundo en que vivimos.

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Tras atravesar los hostiles terruperios de Ucrania y Rusia, después de sufrir lo indecible en la desolación esteparia de Kazajistán, tras recuperar mi antigua fe cristiana en la catedral de Tashkent, tras recorrer la Ruta de la Seda y admirarme ante las mezquitas de Samarcanda y Bukhará, tras beber arena en el reseco Mar de Aral, después de cruzar el Caspio en un asqueroso paquebote que me depositó agotado en Bakú, la petrolífera capital de Azerbaiján, después de recorrer Georgia con las invasoras, tropas rusas a solo pocos kilómetros de mí, por fin ingresé en Turquía por y me pareció haber regresado a Occidente.

Surqué entonces la orilla sur del Mar Negro y un día de julio del 2009, hace pues casi cuatro años, crucé el puente del Bósforo y me planté de nuevo en Europa; en la Europa mestiza, contradictoria, caótica, viva, excesiva, ruidosa y terriblemente atractiva de Estambul. Quedé admirado por el enjambre de estímulos, por la espesa madeja de gentes, afectos, regateos, vasos de té, dulces, bailes y kebabs. La desconocía por completo en su historia y geografía, pero inmediatamente me supe en casa y me enamoré de ella.

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Fue precisamente durante ese viaje cuando decidí qué hacer con mi vida. Abandonaría el registro de la propiedad para intentar convertirme en viajero profesional y vivir de la literatura. Durante todo el 2008 y 2009 estuve recorriendo el mundo en moto. Desde Madrid a Dublín, de Miami a San Francisco, de Nairobi a Ciudad del Cabo, de Venecia a Almaty, de Budapest a Jerusalén.

Fue la experiencia más intensa y real de mi vida, lo que de verdad me mostró quien era yo y de qué era capaz. Decidí hacer algo más. Necesitaba un símbolo. Un signo distintivo que nunca se pudiera olvidar ni borrar. Algo que tuviera grabado en la piel para siempre y que me recordara que yo había hecho todo eso. Así que busqué un tatuador en Estambul. Y encontré a Semra.

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Para ser fiel a la descripción que merece, voy a transcribir mi diario de aquellos días. Lo que será el próximo libro que publicaré en septiembre: La emoción del nómada. En él cuento todo mi viaje desde Europa a Asia Central y luego a Tierra Santa como peregrino. Lo hago de un modo directo, sin adornos porque no me hacían falta. La realidad era suficientemente surrealista como para inventar nada. De modo que Semra y su trabajo sobre mi epidermis tienen su correspondiente capítulo, del cual paso a recoger estas notas.

been tatued

“Estambul son dos mundos, un canal y tres ciudades míticas. Aquí se encuentran los orientales y los occidentales. Ninguno puede decir este sitio es mío. Las mujeres del burka y las de la minifalda, los restaurantes sin licor y pipa de agua y los del vino, la cerveza y el anís que llaman raki. Y el mar de Mármara y el puente del Bósforo, y la mezquita azul y Santa Sofía y el palacio del Sultán y las murallas de Teodosio y tantos y tantos vestigios de lo que fue la capital del Imperio Romano de Oriente y la mítica ciudad de Imperio Otomano y la moderna capital de la Turquía de Mustafá Kemal Ataturk.

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Es día 28 de julio. Hoy me he hecho un tatuaje. Ha sido en un modesto estudio. La artista era una chica muy pequeña y delgada, Semra. Ha dibujado para mí el logotipo de mi aventura. 2008 World Tour 2009. Cape Town, San Diego, Dublín, Samarcanda, Estambul y Nairobi, un planeta azul y verde y una pequeña moto. Llevó tres horas, dolió bastante y pagué 400 liras. En fin, es algo que durará para siempre. Como el recuerdo de estos viajes. No quiero que jamás se me olvide. Por eso escribo, por eso el tatuaje, por eso no quiero parar.”

do not hate me too much

Tras alojarme en un hostel barato del barrio de Sulthanamet en pleno Cuerno de Oro, decido dar una vuelta a pie. Cruzo el Puente Galata y paseo por los alrededores del la famosa torre del mismo nombre. La construcción del siglo XIV formaba parte de la muralla que protegía la ciudadela genovesa. Al verla recuerdo qué me ha traído esta vez hasta aquí. Mi búsqueda del pasado explorador español. Mi mente se retrotrae hasta el año 1303, cuando Roger de Flor, el caballero de la Orden del Temple, reconvertido en mercenario, fue llamado en auxilio del emperador de Bizancio, el débil Alexandrónico. Comandando a la compañía catalana de almogávares, Roger de Flor no solo derrotó a los otomanos sino que aniquiló a los genoveses. Tanto fue el poder y fama que alcanzó, que el nuevo emperador hizo que lo asesinaran. Un siglo después, Constantinopla caía y el Imperio Romano de Oriente se desintegraba como una figura de terracota al recibir un golpe seco.

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Caminando por estas angostas callejas me viene de pronto a la memoria Semra. Fue en este barrio donde me alojé aquellos días. ¿Y si intento localizarla? ¿Se acordará de mí? ¿Seguirá trabajando en el mismo lugar? Han pasado cuatro años, pero creo que puedo llegar hasta su estudio. Comienzo a marchar a paso vivo y mientras intento recordar el camino, vienen a mí el resto de memorias atadas a aquel tiempo y se despiertan emociones antiguas que retornan en tropel y me hacen revivir el yo que fui y lo que escribí entonces.

“El hotel está en medio de un laberinto de calles estrechas con mucha vida. Es el otro centro de la ciudad, cerca de la torre Galata. La habitación es lo más básico, pero tiene una cama, un baño y una ventana. No necesito más por veinte euros. Estoy escribiendo en la terraza de un pequeño bar en el centro de Estambul. Son las 9 y media de la mañana y el ambiente es todavía fresco, a mi alrededor pasan los locales y los turistas, los taxis y las furgonetas de reparto. Del portal de enfrente están sacando enormes cuadros de arte moderno. Me quedo hipnotizado contemplando el maravilloso espectáculo. Es como si en lugar de pasear por un museo, el museo pasease delante de mí.”

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Lo he encontrado. Es el mismo hotel. Han hecho obras y en el bajo ya no está la recepción sino una cafetería. Cuatro números más allá está el portal donde Semra me hizo el tatuaje. Existe todavía el cartel que anuncia “piercing and tatoo”. Subo las estrechas escaleras y llamo a la puerta del primer piso. No contesta nadie. Silencio. Abandono. Miro el reloj. Son las 12:30. Semra estaría trabajando. Bajo al bar del portal contiguo. Pido un té turco y pregunto al camarero si sabe si ella sigue por aquí.

—No, se marchó—informa.

—¿Sabes a dónde?—insisto.

Se encoge de hombros. No, no lo sabe. Me quedo pensativo unos instantes y entonces se me enciende una bombilla. San Google quizá pueda ayudarme. Todos estamos hoy ahí. Yo mismo soy carne de Google. Mi vida y milagros, mis obras, mis errores y mis aciertos están a la vista de cualquiera que tenga Internet. Y yo tengo. He comprado una sim card con 3G. Busco “Semra Tatoo artist” y aparecen varias referencias y un blog. Lo abro y efectivamente es ella. Pero está escrito en turco. No entiendo nada. Le pido al camarero que lo descifre. Mi interés despierta el de una cliente que tengo al lado. Pide ver el teléfono. Lee con atención y me explica que la dirección nueva no está muy lejos. Llama al número de contacto. Habla unos instantes en turco con alguien mientras yo observo sin comprender. Cuando cuelga se dirige hacia mí devolviéndome el teléfono.

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—Está en su estudio. Te espera.

Salto del taburete como un resorte, agradezco efusivamente el favor y me dirijo hacia donde me indican. La calle principal es un hervidero. Es una arteria comercial muy importante que desemboca en la plaza Taksim. Poco antes está el estrecho callejón donde Semra tiene el estudio. La dirección está en un portal angosto. En el piso bajo hay una tienda de fotocopias. El dueño me indica que suba por las escalera. Lo hago superando los escalones de dos en dos. Llamo a la puerta. Se abre hacia fuera con un chirrido. Es ella. Sonríe y me tiende la mano. Sabe quien soy. Le pregunto si me reconoce y asiente.

—¡La bola del mundo!—exclama muy contenta.

Eso soy yo. El español chiflado de la bola del mundo. Yo también estoy muy alegre. Paso al interior del estudio. Una camilla, una vitrina con pendientes y pulseras, un montón de botes de pintura y algunos de los cuadros que ella pinta cuando no tiene una piel a mano. La miro y la veo diferente. El pelo más corto. Moreno. Pero la misma mirada alegre y franca y la misma delgadez. Los brazos llenos de tatuajes y una gracia innata imposible de disimular. Ella me dice en su precario inglés que tengo la barba más larga pero que sonrío igual.

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Entra su madre. Es también menuda y delgada. Estrecho su mano. Traen té, el omnipresente té turco. Tras las preguntas de rigor de cómo le va e informarle de que yo estoy fenomenal, no sé muy bien qué más decirle. Tampoco tengo nada especial que comentarle, ni ella a mí. Simplemente estamos un rato allí  mirándonos a los ojos y sonriendo felices porque el pasado nos ha traído un regalo inesperado, que no es otro que el recuerdo de lo que fuimos hace cuatro años; cuatro años que a veces me parecen cuatro vidas.

Y sin embargo, reflejado en las oscuras pupilas de Semra, me doy cuenta que todas las vidas vividas están en esta y que no me hace falta ir más lejos porque ahora sé que no me he movido de mi sitio, que he madurado, pero que no he cambiado.

con semra

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Categorías: Uncategorized | 8 comentarios

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8 pensamientos en “Semra, la tatuadora de Estambul

  1. Curioso, había visto ya el video de este relato, y me ha gustado más leyéndolo que viéndolo.

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  2. Joder como me gusta leerte……!!!! Genial compañero !!!

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  3. very good very good, my friend, superior

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  4. El vídeo -como de costumbre- es estupendo, pero el texto -como siempre- es mejor!
    Por cierto, dijiste algo de que Semra cambiaba de rumbo o algo así…? Tienes que mantenernos informados acerca de ella, porque yo estaba pensando hacerme el próximo tatuaje en su estudio!

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  5. muy guapo el blog,me gusta mucho!!ya teniamos ganas de poder leerlo.

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  6. Muy buen artículo, genial. Tienes arte escribiendo.

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  7. Bueno, más y más mejor, very good. Miquel, eres grande y nos haces conocer el mundo a los más normales de los mortales. Gracias. SAMURAI

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  8. Me quedo con todo, pero sobre todo con esto, me doy cuenta que todas las vidas vividas están en esta y que no me hace falta ir más lejos porque ahora sé que no me he movido de mi sitio, que he madurado, pero que no he cambiado.

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